Leandro era un niño de lo más normal, desde pequeño tras un parto a los nueve meses exactos, todos los acontecimientos que se iban sucediendo seguían la normalidad en el desarrollo de cualquier pequeño.
Al principio no había nada, era un todo concentrado en un espacio de densidad infinita y volumen cero. Todo explotó, y aquella materia que tan extraordinariamente concentrada se hallaba se expandió con gran energía en todas las direcciones.
A los pocos meses de nacer comenzó a gatear y casi al año andar, y como todas las cosas que ocurren deprisa en esta vida no tardó tampoco en decir sus primeras palabras. Con cuatro años ya no había quién le parara, el cole, carreras, romper cosas, caprichos, disgustos... Llegó la pubertad y dos años más tarde con trece o catorce comenzó a salir con sus amigos, su primer amor, y a vivir las emociones que desde ese momento le acompañarían el resto de su vida.
La materia viajaba tan rápido y era tanta que comenzó a chocar, y en ese caos surgieron las primeras asociaciones en distintos rincones del universo, todo eran gases a temperaturas jamás pensadas. Casi todo sigue siendo hidrógeno y helio.
Dedico su juventud a los grandes placeres que esas edades brindan, y fue poco a poco definiendo quién quería ser, cómo quería ser, y a qué dedicaría su vida. Leandro estaba lleno de propósitos y dudas en aquellos años, y día a día iba resolviendo algunas y encontrando otras, siempre había algo nuevo por descubrir, es lo increíble que tenía esa vida y ese tiempo que le tocó vivir.
Lo que era una enorme masa gaseosa y oscura de pronto con el enfriamiento se aclaró, se aclaró tanto que el universo se volvió transparente. Materia y energía se separaron, y nacieron los primeros átomos mientras todo seguía viajando indefinidamente.
A los veintitrés años se fue a estudiar fuera durante un año, era la primera vez que salía de la casa de sus padres, toda una aventura y un reto, un lugar diferente y desconocido dónde medir su propia dimensión. Leandro era un chico muy educado y cabal, no le costó a penas esfuerzo acoplarse a una cultura diferente, según él "fue el mejor año de mi vida". Allí conoció a una mujer y su vida estuvo a punto de cambiar, pero las cosas ocurren por algo, eran anacrónicos decía Leandro, "fue como el año que vivimos peligrosamente".
La gravedad comenzó a jugar con el gas y aparecieron partes que se volvieron tan densas que consiguieron encender las estrellas que a su vez alumbraron las galaxias. Y hoy, cuando miramos y atisbamos algo en la mayor lejanía podemos vernos a nosotros mismos cuando aún no eramos.
De vuelta a casa y cumplidos perfectamente todos los pasos comenzó a trabajar. Se mudó de la casa de sus padres y más tarde a otra ciudad, siguió conociendo y descubriendo pero ya no con el brío de los años salvajes, inevitablemente la madurez hizo desaparecer los tiempos coronarios. Conoció a una chica, a dos, a tres hasta que dió con la que él creía la adecuada, y parece ser que ella también le creía a él adecuado.
Las galaxias se fueron hilvanando, unas con otras y las estrellas, cual divas no soportaron juntarse, y aparecieron los agujeros negros, que se calentarían tanto que por momentos harían saltar chispas brillantes, y los llamaríamos cuásar.
Mariela y Leandro nunca se casaron, se fueron a vivir juntos después de un año y medio de relación, a un apartamento muy pequeño pero adecuado, como ellos, cerca del centro en un barrio viejo pero que aún albergaba la chispa de esos lugares poco comerciales y aún de moda. Ella tenía una tienda de ropa y él estaba en un pequeño despacho de arquitectos. En Abril compraron un perro, le llamaron Tibou y se alternaban por las mañanas quién lo sacaría a pasear, y por las noches lo hacían juntos.
Las galaxias siguen naciendo y muriendo, impertérritas a nuestro paso. Comenzaron a estallar, las supernovas. Lanzando más elementos en todas las direcciones, repitiendo en pequeño lo que ya había sucedido, más movimiento y más caos, así hasta que se formaran más estrellas, más galaxias, y nuestro Sol, y más como él. Y a su cobijo, nosotros.
Tuvieron una hija y la llamaron Mariela, como su madre. Ayer fui a verles, la pequeña Mariela está preciosa, ahora tiene 3 añitos y me llamo Gafael, fue genial. Leandro y Mariela son felices, lo veo en sus ojos, mientras tomábamos un café él se levantó a traer más leche de la cocina, y de la que pasaba por delante Mariela ella le dió una palmadita alegre en la pierna con una sonrisa, me gustó ese detalle.
Hoy todo sigue chocando caóticamente y viajando en todas direcciones por todo el universo, en constante movimiento y expansión. En la lejanía la luz brillante de los cuásar nos marcan que a penas estamos en el principio del camino, quizá haya algo más allá del final del universo.
Quizá seamos nosotros mismos esa pieza, esa partícula de Dios, el bolsón de Higgs, Leandro, Mariela, su hija...